El holocausto Ashaninka: “Todos los días morían niños”

RECORDANDO LA MASACRE DEL VALLE DE TSIRIARI Y DE LA COMUNIDAD NOMATSIGUENGA DE TAHUANTINSUYO (SATIPO)

Los días 18 y 19 de agosto de 1993, una columna de 300 hombres armados con palos, hachas, machetes y algunos fusiles asaltaron ocho comunidades situadas en el valle de Tsiriari (distrito de Mazamari, provincia de Satipo, Junín), asesinando a un total de 72 personas de la forma más despiadada y sangrienta, cegando la vida de hombres, mujeres, ancianos y niños. Esta masacre, cuyos responsables fueron senderistas, fue una de las más feroces que se han registrado durante el conflicto armado interno peruano y es conmemorada en las comunidades de Tahuantinsuyo y de Sol de Oro, el 18 de agosto de cada año.

REDACCIÓN EL VOCERO

Según los testimonios recogidos en la comunidad de Tahuantinsuyo, el ataque empezó a las 4 p.m., los hombres armados convocaron a la comunidad en el local comunal y, poco después, empezaron a matar a 21 personas fuera de este con armas blancas y cuerdas. Poco después, hacia las 6 p.m., los asaltantes llegaron a la comunidad de colonos de Sol de Oro, hicieron salir a todas las familias de sus casas para coger al azar a 14 niños a quienes se les cortó las orejas y la lengua.

Quienes salían en su defensa también eran asesinados y destajados. En total se registraron 51 fallecidos, los cuales eran de origen andino y 21 eran nomatsiguenga. Varias mujeres fueron violadas y torturadas, a dos se les mutilaron los pechos y a las embarazadas se les extraía el feto antes de ser asesinadas. Después de estos sucesos, los asaltantes robaron animales y bienes de las casas, antes de desaparecer huyendo por las colinas hacía la siguiente aldea.

CARNICERÍA HUMANA

Las huestes senderistas se ensañaron principalmente con los niños y mujeres a quienes violaban y mutilaban, sometiéndolos a grandes traumas. A estos últimos les obligaban incluso a matar a sus propias familias. Entre muertos y desaparecidos superaban las dos centenas. Entre las pocas imágenes que quedaron registradas por la prensa de aquellos años, se observa cómo muchos lloraban por sus familiares y otros no entendían aun lo que había ocurrido. Solo unos cuantos podían explicar, como podían, las terroríficas escenas que vivieron.

Los niños fueron masacrados sin piedad con machete, muchos de ellos fueron encontrados agonizantes con el cuerpo eviscerado, desollados y llenos de cortes, a ese dolor se sumó que muchos de ellos quedaron huérfanos. En su informe, la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) calculó que las víctimas mortales ascendieron a cerca de seis mil; cinco mil nativos quedaron cautivos por los senderistas, mientras que otros diez mil fueron desplazados de sus tierras.

LOS VERDUGOS

Dentro de su ideología, los terroristas consideraban a los asháninkas como una comunidad prehistórica, sin cultura propia ni civilización. Además, se les obligaba a hablar el quechua y las mujeres eran forzadas a trenzarse el cabello, como en la sierra.  Por su parte, los nativos se resistían a creer en la ideología de Sendero Luminoso y huían de los subversivos. Aunque escondían a sus hijos de las tropas, éstos eran encontrados y enlistados para ser adoctrinados. Es así que, desde los 10 años, se les enseñaba a cometer asesinatos y causar temor a la población, además de ser llevados a otras provincias.

Cabe indicar que las Fuerzas Armadas del Ejército y la Policía se encontraban concentradas en el sur del país, en donde la presencia terrorista era constante. Es por esto, que las autoridades no se percataban de la magnitud del genocidio que ocurría en la selva central.

Al resultar la situación insostenible debido a la masacre de su gente, los asháninkas deciden formarse para luchar contra los subversivos. Es así que se crea formalmente el Comité Central de Autodefensa y Desarrollo Asháninka en 1990, en donde sus integrantes lucharon con lanzas, machetes, arcos y flechas para recuperar a sus familias secuestradas, sin ayuda del Estado.

EL DOLOR AÚN CONTINÚA

No fue sino hasta los años 1992 y 1994 que los militares se establecieron en la zona, desatándose una lucha por la recuperación del lugar, junto a las labores de misioneros que jugaron un papel importante en la caída de los terroristas. Luego de la pacificación, para el año 1996, los nativos que decidieron regresar pese a la experiencia traumática que les tocó vivir, se enfrentaron a un nuevo problema: sus tierras habían sido otorgadas por el Estado a los colonos, muchos de ellos incluso con antecedentes terroristas.

El llamado ‘Holocausto asháninka’, uno de los episodios más trágicos y menos conocidos de la historia peruana reciente, no debe quedar en el olvido. Han transcurrido 35 años y aún la memoria de estos hechos terribles siguen vigentes en sus sobrevivientes.

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