«Antiguo Parque de la Reserva», poema de Julio Lozano Fernández. Escritor y abogado

Árboles del parque, batan alegres sus ramas al viento

en la celebración del íntimo dialogo del reencuentro
de los cuarenta y siete años que pasaron sin cosechar olvido

con la misma luz aroma

que pinta y perfuma como ayer.

Perdura intacta la remozada banca

eterna y fiel amante atornillada.

bajo el mismo lugar y árbol,

descanso público con invisible dueño secreto.

    Se divisa por los cuatro puntos cardinales del Parque,

                                               al norte, el Estadio Nacional

adornado en su exterior con palmas coronas

de pretéritos héroes del deporte nacional

que pocos conocen o recuerdan;

al oeste, la residencia del embajador americano

que celebra sus inútiles fiestas cívicas

y dispendiosos cócteles barbacoas, olores ajenos
a los guardianes y choferes con hambre con frío.

al sur, el dormitorio a la intemperie de alcohólicos y drogadictos,

solidarios de mil inocuas fantasías y del desamparo total,

arropados con vergüenza entre cartones  y andrajos;

al este, la vía expresa deja escuchar el multitudinario rugir
de mil leones autos en la selva locura ciudad,

el rincón de los besos escondidos.

Brisas del Parque rememoran a la velocidad del cometa Halley

tiempos de fútbol y gritos eufóricos de niño gol

que juegan y fantasean por alucinados campeonatos mundiales

en  gramados inexistentes de estadios famosos    
supuestamente abarrotados de hinchas fantasmales.

Tardes de agosto ralamente soleadas,

vuelan las cometas sobre los húmedos vientos de invierno,

pavas, barriletes, estrellas,  

de papel cebolla colores con engrudo pabilo,

amarran los palitos sacuara caña,
que navega cuelga por el techo del cielo limeño
sin  bambolearse por los trapos nudos cadena cola.

Recinto que alberga imperceptibles coexistencias,
seres de anónima lucha circundan al parque:
el barquillero, raspadillero, aguatero de aguas de piña,

las floristas y anticucheras, el algodonero,

el vendedor de manzanas rojas azucaradas

el vendedor de cancha y maní confitado,

                               vidas sin monumento que loe su esforzada sobrevivencia

Jardines terrales, más yerba mala con piedras,

recinto sagrado prohibido
cuidan celosamente inútilmente los guardianes

que defienden el territorio como perros al hueso

con infructuosos y chillantes silbatos

que espanta niños en el fragor del partido

que corren y escapan gritando con sorna   

   gordo panzón, gordo panzón…

Final de salífero sudor de los púberes futbolistas,

circundan el raspadillero de la esquina del parque

como las moscas abejas al dulce,

solemne ceremonia del libamiento del jarabe color con hielo
cincuenta la chica, un sol la más grande,

ritual místico silencioso refrescante,

brutos con las miradas fijas al vacío.

                             He venido a sentarme en la banca con dueño

que casa recuerdos del Parque revela

  y me invita a cobrar revancha

en la misma banca que nos dio sombra a los tres

con el poder de la filuda palabra poema
   siguiendo las huellas de la historia familiar

La historia de papá:           

 Ahora comprendo la amarga soledad del papá,

   un niño solitario que observa curioso de lejos pasar

desde la banca,  a un hombre que no reconoce ser su papá

por cuestiones pretexto del color de la piel    

   el infame abuelo.

La historia de la abuela: 

Ahora comprendo la tristeza de la joven mujer  
que llora en la banca

el abandono marital
y  prefirió beber la pócima mortal,    
   

la triste abuela.

La historia del nieto:

Ahora comprendo desde la banca

  que no hay desgracia vencedora

   que nos robe la alegría vivir,  

cuando Dios es nuestro amparo fortaleza. 

el nieto resilente

Por eso, he venido a ti Parque de la Reserva

a levantar tristeza desamparo

      y  dejarlas volar en mariposas palabras

triunfantes como niño cometas al cielo.

     Antigua banca pública, confidente compañera

que tiene dueño invisible   

guarda mis secretos lágrimas.

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